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El año fue 1893. La fiebre del hóckey estaba extendiéndose de costa a costa en Canadá,
ayudada por la expansión de la nación hacia el oeste, donde los duros inviernos de las planicies proporcionaban
estupendas condiciones para el juego. Para los entusiastas del hóckey parecía como que los equipos estaban
surgiendo por todas partes y cada vez más fans se aventuraban en el frío para ver los juegos de un equipo
conra otro.
Pero algo se estaba perdiendo. Pese a que el juego se había vuelto popular, éste era aún un emprendimiento
informal que debía convertirse en un verdadero deporte respetable. Tres entusiastas -el editor del periódico de
Ottawa, P.D. Ross; el gobernador Lord Kilcoursie; y el joven hijo del gobernador general de Canadá- pensaron tener
la solución al problema: lo que se necesitaba era un premio elegante y distinguido para el mejor equipo de cada año.
El premio serviría con un doble propósito; daría al hóckey una mayor estima y, por consiguiente,
incrementaría su creciente popularidad.
Para obtener el más prestigioso trofeo que ellos pudieran alcanzar, los tres recurrieron al padre del más
joven: el gobernador general, y le pidieron que donara un premio perpetuo para el juego. Frederick Arthur, Lord Stanley de
Preston, accedió a lo requerido. Pese a que el hóckey no era uno de sus intereses particulares, él
pagó 10 guineas (el equivalente a $48.67 de ese momento) por una copa de níquel bañada en plata con
insertos de oro. Montada sobre una base de ébano, medía un pie de alto y 22 pulgadas era el diámetro de
su boca. Ésta fue nombrada inmediatamente en honor de Stanley, y para ese momento, excedía por mucho los
sueños de sus concebidores. Inmediatamente captó la atención del público dándole al
hóckey una respetabilidad instantánea debido a la conexión con el nombre Stanley, volviéndose
el premio más buscado a partir de ese momento en el hóckey; primero en el ámbito amateur, y cuando se
estableció la paga por jugar, se trasladó al nivel profesional.
Presentada continuamente desde 1893, la copa no sólo se ha vuelto el premio más distinguido del hóckey,
sino también en uno de los más distinguidos de todos los deportes. Sólo hubo una excepción en la que no
se completó la temporada y la copa no tuvo un ganador. La serie de 1918-19 entre Montreal y Seattle Metropolitans
fue cancelada en la mitad debido a la extendida epidemia de gripe que cobró, entre tantas, la vida de Joe Hall, de
Montreal.
Este es un premio cuya historia está salpicada de extraños incidentes. Para comenzar, Lord Stanley jamás
presenció una competencia por la copa. Él volvió a Inglaterra después de la muerte de su
hermano para volverse el nuevo Conde de Derby, 10 meses antes de que se completara la primer temporada.
Otra rareza es que la copa fue una vez perdida por un grupo de felices y alcoholizados ganadores que llevaron la copa a dar
una vuelta en uno de sus autos. En otra ocasión peor, la copa fue robada (afortunadamente s´lo por unos
minutos). El robo ocurrió al iniciarse las eliminatorias de 1961 cuando los Chicago Black Hawks, como es privilegio
del ganador del año precedente, tenía la copa en exhibición en su estadio. Un fan de los Montreal
Canadians tomó la copa de su exhibidor y estuvo cerca de abandonar el estadio cuando fue capturado por la policía.
Cuando le preguntaron por qué había tomado el trofeo, el ladrón respondió que simplemente
quería devolver la copa al que consideraba su hogar por derecho: Montreal.
Para completar sus desventuras, la copa original tuvo numerosas caídas, sufriendo abolladuras y raspones. Estos
accidentes generalmente ocurrían después del juego final cuando, después de recibir el premio, los
ganadores la sostenían en alto y patinaban alrededor de la pista. En 1968 se construyó una réplica
y la original fue consignada al Hockey Hall of Fame. Desde entonces, es la réplica la que se le ha presentado a los
equipos en los campeonatos para que la lleven por la pista mientras la enseñan a los fans.
El efecto de la copa sobre la respetabilidad del juego y el interés de los fans fueron inmediatos. Un deporte
que ya era popular recibió un impulso, el cual se pudo ver en la multitud que acudió al Montreal's Victoria
Rink para ver el primer encuentro del primer campeonato. Para el final de ese año, la venta de boletos fue la mayor
para un juego de hóckey. La Montreal Amateur Athletic Association vencía al equipo de Ottawa y se convertía
en el primer equipo que inscribía su nombre sobre la copa.
Durante los años siguientes, pese a que numerosos equipos profesionales fueron rápidamente tomando forma y
ganándose una creciente y compartida atención de los fans, la copa era adjudicada solo a emprendimientos
amateurs. El hecho era que la copa parecía haber incentivado la formación de numerosos nuevos emprendimientos.
Todos ellos deseaban una chance de alcanzar el más prestigioso de los honores. Aún los pueblos más
pequeños de las más remotas áreas no habían podido evitar instalar el deseo de perdurar en la
fama del hóckey.



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